El 944 puede ser catalogado de deportivo y llevar sin complejo el nombre de Porsche no sólo por su comportamiento firme, sino también, o sobre todo, por las prestaciones del motor. El cuatro cilindros es delicioso. Rinde potencia; es elástico y suave; suena bien; transmite carácter; y, además, no se rompe.
Desarrollado a partir del V8 del 928, el S2 incorpora la última versión: el tres litros de 211 CV. El primitivo bloque de 2.479 cc (160 CV) experimentó ese mismo año (1988) un doble incremento de cilindrada, también hasta 2.681 cc (165 CV). El conjunto, construido en aleación de aluminio, dispone de la culata de cuatro válvulas por cilindro introducida en el S de 1986 (2,5 litros y 190 CV).
Una de las características de esta mecánica es la doble cara que manifiesta. El punto de inflexión se halla en las 4.500 rpm. Hasta aquí, su prestación resulta moderadamente alegre. A partir de ahí, coincidiendo casi con el régimen de par máximo (algo menos de 29 mkg) muestra bravura. Entonces, acelera, corre y se le escucha poderoso. Anima a engranar relaciones superiores. Cuando te quieres dar cuenta, has sobrepasado los límites: circulas en quinta a 182 km/h a 5.000 rpm.
La transmisión tiene un defecto congénito de fabricación. El piñón de quinta queda demasiado elevado y suele ir poco lubricado. Con los kilómetros, empieza a generar ruido de manera perceptible. De hecho, para subsanarlo, Porsche dotó a la caja de la versión Turbo de 1988 (2,5 litros y 250 CV) de radiador y bomba de aceite.