Este escaparate que ha construido Pininfarina está repleto de los elementos necesarios para convertirlo en un deportivo puro y para hacerle ser lo que realmente aparenta. Normalmente, las reacciones de un vehículo con 400 CV, propulsión trasera y motor central —de concepción similar a un monoplaza— son rápidas, de modo que el conductor es más que nunca parte activa de lo que ocurre.
El coche responde exactamente a lo que se requiere de él en cada momento, sin que la transición entre agarre y derrapaje pueda vislumbrarse con claridad y anticipación. Hay que estar seguros de lo que va a ocurrir un poquito antes de que ocurra, si es que pretendemos sacarle partido a un bastidor concebido en la competición y a un motor con una garra y una potencia casi inigualadas.
Con los 400 CV hay que tener cuidado si desconectamos el control de tracción. El pedal del acelerador y las ruedas se mueven casi al unísono. No es difícil hacer que éstas sean incapaces de transmitir la potencia al suelo, aunque sí lo es controlar la situación.
El Modena es una auténtica escuela de conducción. El pie derecho controla la derrapada con facilidad: más acelerador, el coche más de lado, menos, el coche más por su sitio. La dirección casi funciona sola, no hay brusquedades y el tacto es el idóneo, ni muy duro ni muy blando. De este modo, es posible redondear las curvas de un circuito con una fina y prolongada cruzada.
El Modena parece disfrutar más que nosotros con este tipo de conducción. Nos ayuda constantemente con su equilibrio y no es fácil no sentir el calor de la sangre animándonos a ir un poco más allá, a frenar un poco más tarde, a tirar el coche con más decisión.
Siempre que la velocidad de paso por curva no sea muy elevada todo esto puede ser gratificante. Si la curva es rápida, puedo notar la fuerza lateral tanto como el miedo a una posible espantada del coche. Una derrapada a 120 km/h no se parece en nada a una a 200 km/h, en cuarta y con el gas a fondo.